La vida tachán

Nuestras vidas son los bares…

Foto: Miguel Ángel Puerta.

Últimamente las cosas más interesantes las encuentro en los bares. En los de ficción y en los de verdad. En ellos, las píldoras de sabiduría se regalan. No se pronuncian para llevarse un Me Gusta, ni para ser compartidas. Aunque, igual, una caña sí aceptarían. En la última edición de Docs València se presentó el magnífico Judas, sobre el bar del mismo nombre del centro de Barcelona. Un pequeño local de clientela fija al que entra algún turista que quiere dejar de serlo. Manuela es una de esas parroquianas, una exprostituta que a pesar de los golpes que le ha dado la vida no ha perdido las ganas de reír. “A las penas, puñalás. Cerveza y queso”, suelta cuando el recuerdo de alguna de sus hijas ya fallecidas amenaza con asaltarle. Una frase que vale por todos los libros de autoayuda de los últimos cien años. Y es toda una declaración vital de principios e intenciones.

En Riu Escalona hay dos bares contiguos. Antes, enfrente tenían al Micros, con un menú barato y bien rico, pero cerró. De los dos que aún siguen, uno era de un griego, o un egipcio, o un búlgaro, nunca lo recuerdo. Ahora lo lleva una familia china, que durante un tiempo lo llenó de banderas del Levante, del Valencia, del Real Madrid y hasta una de España. Por la tarde parece un club de jubilados por las partidas que dentro se celebran. El de al lado no superaría una visita de la Brigada Central. En la puerta de uno de ellos, cacé las palabras al vuelo de un abuelete: “Yo, por las mañanas, soy el más feliz del mundo. Me salgo a mi terracita y me pongo mi casete”. Eso es el Mediterráneo. Y una filosofía magnífica de vida.

A veces vamos con prisas hasta los días que no tenemos prisa. Y cuando nos sentamos a la mesa comemos como si nos esperara una invasión vikinga después. Pedimos tres tapas, una cerveza y un vino en La Maceta. En la mesa de al lado dos personas mayores tiene dos tercios que no han tocado. Hablan y se escuchan. No hay rastro de sus móviles. Finalmente dan sendos sorbos. Saborean la bebida, un calamar y uno de esos arroces que hacen tan buenos allí. Piden postre. Salen a fumar un cigarro. Vuelven y siguen hablando. Turno de los chupitos. A eso es a lo que deberíamos aspirar todos. A encontrarle el freno de mano a la vida. Y celebrarlo en los bares.