Los fotogramas (también) son para el verano

Dos vidas

Durante algunos años mantuve una estupenda tradición con tres grandes amigos. El día de Nochebuena por la tarde íbamos al cine. No es que no fuéramos más veces a lo largo del año, pero esa cita era sagrada. Me gustan esas costumbres, que tienen más de celebración que de rutina. Hoy en día, sólo mantengo la de almorzar un bocata de calamares en Casa Mundo el día que empieza la Liga.

Es curioso como el cine marca nuestra evolución a medida que nos hacemos mayores y está presente en todas las etapas. Yo pasé de ver “Vuelven los caraduras” con mi madre y mi hermana pequeña o “El libro de la selva” con otra de mis hermanas y su entonces novio (y hoy marido) porque les daba vergüenza ir solos, a la ristra de títulos míticos de los ochenta con los compis del colegio. Muy pudoroso debía ser porque cuando fuimos a ver “La mujer explosiva” mentí en casa y dije que habíamos visto “Rocky IV”. Después llegó el instituto y las películas subtituladas en los Albatros. Más tarde alguna que otra cinta infantil con los sobrinos. Incluso ese sano ejercicio de ir solo a ver, por ejemplo, “La ardilla roja”. Y hasta un film, “Reality bites”, estuvo presente en una (casi) primera cita.

Carlos Pumares y la Cartelera Turia estuvieron en aquellos primeros años de devoción cinéfila. Lo que ellos decían era casi dogma de fe, incluso sin haber visto la película en cuestión. Nada hacía presagiar, entonces, lo mal que envejecerían ambos, con pérdida de oremus incluida. Como tampoco nadie hubiera adivinado que acabaría trabajando en un programa sobre cine para Canal 9. Y ya puestos a no anticipar el futuro, tampoco que aquella sería mi última experiencia en el mundo audiovisual y que el Fogasa escribiría la última escena.

Nunca creo haber estado en un cine de verano. No hay lugar para esa nostalgia que tan bien me quedaría aquí hoy. Pero no es óbice para que el turista en su propia ciudad busqué el fresquito de una sala y el entretenimiento de una película. Por comodidad elijo los Babel y como la comida ha sido ligera, una ensalada y poco más, voy andando. Consultando la programación las opciones se centraban en “Omar” o “Dos vidas”. Prefiero horario de mitad tarde y me quedo con la segunda.

“Dos vidas” explica un episodio de la Segunda Guerra Mundial desconocido, al menos, para mí. Los lebensborn. Orfanatos creados por los nazis para los hijos nacidos de la relación entre soldados alemanes y mujeres nativas de los países que invadían (Noruega en el caso de la película). Estas quedaron marcadas por sus propios compatriotas, al finalizar el conflicto bélico, llegando a ingresar en prisión muchas de ellas, y además sin sus pequeños, que serían utilizados para fines políticos en el país germánico.

Pero no se trata de un film de género histórico. De hecho la acción se sitúa en 1990 (en un principio era en 2005, pero tuvieron que rectificar para poder contar con Liv Ullman) con el Muro de Berlín recién derribado y la Stasi aún actuando con ciertas licencias. Y es precisamente en esos vaivenes temporales donde el guión se muestra más torpe. Paradójico porque visualmente esos flashbacks los resuelven con acierto con el uso de imágenes granuladas. George Maas y Judith Kaufmann (directores al alimón) deciden apostar por imponer unas formas y un ritmo más propios del thriller clásico, pero sin renunciar a proporcionar la máxima información posible sobre el suceso en cuestión. Y eso acaba lastrando el resultado final.

Una película que no fue la candidata alemana a los Oscars de este año por casualidad. Aunque no consiguió llegar a la nominación final. Hay un buen dibujo de personajes, una arrebatadora fotografía, la música peca de tópica en ocasiones, ciertas licencias al exhibicionismo sentimental, acción, tensión bien trabajada, y sobre todo, y por encima de cualquier cosa, una actriz, Juliane Köhler, que pide a gritos un club de fans y una retrospectiva de su filmografía.

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