Con los libros de memorias y recuerdos pueden pasar dos cosas, que el autor sufra un empacho de sí mismo o que sea generoso y contextualice en el tiempo y espacio aquello que vivió. Los primeros producen regomello, los segundos son un placer leerlos. Els fantàstics setanta, 1969-1974, de Josep Piera (Beniopa, 1947), editado en la (también) fantástica colección moment memorialística, de la Institució Alfons el Magnànim, pertenece al segundo grupo. Un libro que recoge, de alguna manera, el relevo de Puta posguerra (edicions 62, 2007).

Piera antepone las sensaciones a la militancia literaria y eso permite que acompañemos al escritor, párrafo a párrafo, en su viaje iniciático, descubriendo, por ejemplo, una València, a principio de los años setenta, apagada, reprimida, de un gris mezquino, nada alegre, en la que los estudiantes encontraban refugio para respirar en las tiendas de discos, las librerías subversivas, los cines de arte y ensayo o algunos tugurios clandestinos.

El autor hace cómplice a quién le lee de sus dudas y de su curiosidad (por lo que estaba prohibido, silenciado, escondido en cajones secretos), una humildad que engrandece un libro que va más allá del testimonio personal o del mapeo cultural del territorio. En sus páginas hay lugar para la reflexión creativa (su titubeo sobre qué lengua emplear en sus poemas al descubrir la sonoridad de fenoll frente a hinojo, una incertidumbre que se prolongará en el tiempo) y para las anécdotas (el delirante regreso en autostop desde Málaga en el que no falta de nada), en perfecta (y necesaria) convivencia para conocerle mejor.

Lo personal y lo cultural se convierten en complementarios, igual que los saltos de tiempo que realiza a la actualidad en que está siendo escrito el libro. No son parcelas paralelas, sino trazos que ayudan al dibujo completo de su vida (y la de los lugares que pisa o visita) durante esos años. La importancia de las librerías de viejo en su formación, la tertulia de la cafetería Kansas, su boda, que le confundieran con Bécquer en un estanco por ser poeta, las casas en las que vivió, sus padres intelectuales de Penyamar, los poetas que va conociendo y con los que se cartea, sus reseñas literarias, los paseos y charlas con Gil Albert, los Premis Octubre de 1973, sus colaboraciones en Las Provincias, lo que significó la publicación de la antología de poetas novísimos Carn Fresca…

Rescata Piera, casi al principio, un par de fragmentos de un artículo que publicó en el Avui en 1996 en el que se preguntaba qué había sido de la magnífica, progre o divina València de los 70. No le faltaba razón cuando apuntaba como posible causa del olvido posterior (y que casi quince años después sigue siendo palpable) el hecho de que la política, la economía y el pragmatismo se acaraban imponiendo. De alguna manera este libro viene a corregir y rectificar esa situación, ojalá sea el primero de muchos. Y ese es uno de sus grandes logros. De los muchos que tiene. Uno que no hay que ignorar es el deleite que provoca, un vez más, la prosa de uno de los grandes de nuestra literatura. Alguien capaz de escribir “La pluja en agost perfuma l’aire, i la terra fa olor de terra, de cos acabat d’eixir de la dutxa”.