Pepiu o Pepe Navarro (Castellar, 1977). Pepe Navarro o Pepiu. Un dos por uno con el que salimos ganando los demás. La mejor prueba es el libro Pot ser de veres i no haver passat mai (Vincle Editorial), una biografía en la que no importa lo que es verdad o no, un cóctel surrealista e irreverente, por el que desfilan la diplomacia de altas esferas, el terrorismo, el despertar sexual o la Yakuza en plena huerta valenciana. Una primera novela en la que el escritor (y guionista, showman, cantante, músico y mil cosas más) exprime cada secuencia, con una golosa tendencia por el detalle, la acción y el humor gamberro.

¿”Pot ser de veres i no haver passat mai” es Pepe Navarro contando la vida de Pepiu o Pepiu firmando su autobiografía?

En este libro, Pepe Navarro le ha subarrendado las manos y la cabeza a Pepiu para que contara su historia. Aunque siendo honestos, la autobiografía que cuenta Pepiu son episodios sesgados de la vida de Pepe, pero con modificaciones genético-temporales. Sin entrar a detallar qué historias tienen más porcentaje de realidad y cuales menos, todas tienen una base sorprendente de autenticidad. “Pot ser de veres i no haver passat mai” es un claro ejemplo de que menos es más; quiero decir: a menos cuestiones sobre la veracidad de los hechos, mayor disfrute.

Es tu primera novela, pero se nota un bagaje de escritura detrás.

Amén del bagaje vital, que ese es común a los mortales, llevo escribiendo desde hace bastante rato. Si hago cuentas, me salen cifras cercanas a la veintena… Empecé escribiendo poesía prosaica, como una forma de liberación personal. Eso evolucionó y empecé a transformar las historias orales que creaba a vuela pluma, y sigo creando, para que pervivieran mínimamente, aunque fuera a modo referencial ya que todas las historias están vivas y siguen creciendo a la vez que el narrador. De ahí empecé a trabajar de guionista para varias productoras y cadenas y, entreveradamente, escribí una novela de terror, dos obras de teatro y varios artículos. Esta es mi primera obra publicada y uno de los miedos que tenía era que no se entendiera, porque adentrarse en un mundo surrealista tan particular del que, por ventura, no se tiene más referencia que algo en formato audiovisual, puede resultar complicado.

El humor irreverente (incluso casi surrealista) es uno de los pilares de la novela, sin olvidar la potente narración que se cuenta. ¿Qué crees que tiene el humor a la hora de contar una historia que no lo encuentras en otras opciones?

La irreverencia es inherente al surrealismo. No puedes crear un mundo absurdo o irracional con las reglas que rigen la cotidianeidad; esto te sirve como base sobre la que cimentar la historia pero, como San Pedro edificó la iglesia, esa piedra es la que sostiene todo el constructo que vas creando. Ese nexo no puede romperse nunca porque el surrealismo se desvanecería y se convertiría en absurdo. ¿Qué credibilidad tendrían los guateques de hospital, el regio acoso sexual o los atentados deslucidos si nos fallara esa piedra angular?

El humor, en mi caso más concretamente el posthumor, te da la libertad creativa que otras formas no te ofrecen por lo encorsetados que están los estilos. Es que subyace constantemente en cualquier forma narrativa, incluso en los géneros más “elevados” porque, involuntariamente, todos echamos mano de él para poder gestionar según qué situaciones, y eso acaba plasmándose. Escribir desde la colina que te brinda el humor es un gesto humanitario. Egoístamente humanitario.

Se trata de un humor que, sin renunciar a su raíz valenciana, se desmarca de lo que se entiende como tal, y mira más a otro de tradición anglosajona.

Oh, sorpresa: ¡Es que el humor valenciano tiene mucho de anglosajón! No el humor con el que estamos conviviendo ahora. Generalizar es de muy mal gusto, pero en este caso lo haré y no me duelen prendas al afirmar que hemos perdido la comicidad ancestral mientras transitábamos por un vía crucis que duró dieciséis años a la vez que se evaporaba nuestra esencia como pueblo mientras se imponía una esencia de nueva planta. Verbigracia: hasta no hace mucho se usaba la frase “te sacarán en la falla” como sentencia disuasoria de hacer cualquier acción, a ojos de la honorabilidad, reprobable. ¡No había vergüenza mayor! Ese escarnio público, los versos que acompañaban la figura y la explicación en el llibret de la falla se sabía que iba a ser mordaz y despiadada, aunque fuera en clave de humor. Ahora que te saquen en una falla es motivo de alegría; y no es precisamente porque tengamos una visión más amable del humor: es que las fallas ya no se usan para criticar con talante burlón; como mucho se afea la conducta, pero desde el cariño. ¿Dónde ha quedado la socarronería? ¿Dónde está la intencionalidad verbal? Lamentablemente se muere; va desapareciendo con las abuelas y abuelos de los que tenemos más de 35 años. Los que llegamos a conocer esa forma de hablar y contar tan especifica, descubrimos que no había frase lanzada de forma baladí. Cada palabra, la composición de la frase, la cadencia vocal, etc., todo estaba justificado para hacer que la anécdota resultara risible, desconcertante y trascendiera. La pérfida Albión en l’horta de València.

¿Los valencianos nos reímos poco, seamos de la ideología que seamos, y nada de nosotros mismos?

Nos reímos poco y mal. La globalización del humor nos ha traído nuevas vías por las que transitar para poder hacer un chiste transversal y llegar al mayor número de personas, pero el precio que estamos pagando por ese estándar es el olvido de los antiguos caminos por los que hemos transitado como pueblo. Ideológicamente sucede algo curioso: si el viento sopla del oeste, el humor es más sensiblemente heterogéneo. Si sopla del este, se segmenta aunque tiene un patrón común. Esto genera una dermatitis atópica que siempre irrita a alguien, con independencia de la dirección que marque la flecha de la veleta. Eso sin sumarle el auto odio, el agravio comparativo vital y la frustración como concepto general básico. ¿Qué ha pasado? Se ha creado una rosa de los vientos en la que solo sopla norte o sur, salvo atrevidas excepciones. Si queremos hacer humor y no molestar a nadie: tira de cliché. Y eso estaría bien si el cliché fuera el resultado que te da la auto-observación. Lo que se ha hecho ha sido un combinado, muy agitado, de un cliché importado, mezclado con unas cuantas referencias verbales atávicas y un mucho de ideas de aceptación social de lo que significa ser valenciano para rellenar los huecos que pudieran quedar. Sobre ese híbrido identitario nos movemos, porque la modernidad ha generado un miedo a la crítica constante donde se permite que cualquier persona tenga el derecho de sentirse ofendido, puesto que un fulano está atentando contra una identidad que desconoce pero la siente como propia. ¿Surrealista? Berlanga estaría orgulloso.

Aunque el humor es muy importante en la novela, esta aborda temas como el bullying, el descubrimiento de la homosexualidad, las intrigas del poder, el terrorismo… que precisamente se benefician de ese tono para no caer en el panfleto.

Hay muy pocas situaciones contadas de forma azarosa en el libro. Como dice Manolo Gil, editor del libro, “este libro es una gran elipsis”, y es cierto. Entiendo el humor como una forma de contar cosas que, de otra manera, tendrían una carga emocional innecesaria porque no aportarían nada al relato, más bien al contrario. Con esa llave puedes abrir puertas como el ataque físico y verbal por ser diferente, la armarización de los sentimientos o el precio de las cuotas de poder y lo que de estar en ellas se genera, de manera distendida pero sin quitarle un ápice de profundidad, ya que cuanto más inmediata sea la información que recibe el lector, mayor será su implicación en la lectura. Me dicen que es un libro muy oral, que resulta imposible no oír una voz que te narra las situaciones y me parece un halago. Conseguir convertir la tradición oral en un estilo de escritura, me parece mágico.

Por la novela desfilan la monarquía inglesa y Juan Carlos I, Milans del Bosch y Felipe González, la mafia japonesa en Castellar y la muerte de Bob Marley, Gemma Mengual y la guerra de las Malvinas, Rita Barberá y González Lizondo,… una locura creíble que, ¿alguna vez tuviste miedo que se te escapara de la manos? ¿Hacías algún tipo de prueba cada vez que añadías alguna referencia real para ver si funcionaba?

Dentro del libro hay un rosario de personajes interminables, pero ninguno sale movido en la foto. Crear historias de la nada es mi modus vivendi desde que soy un niño, por lo que a base de años de invenciones y realidades paralelas, he aprendido a que no haga aguas nada de lo que cuento. Y en caso de que se escape algo, reconducirlo y justificar su acción quedando todo atado y bien atado. He de confesar que mi forma de escribir tiene mucho de improvisación: sé de donde salgo pero, hacia dónde nos llevará el destino… chi lo sa!?

En este caso, dejé a Pepiu al mando del barco durante centenares de horas. En aquella travesía podían confluir en mi cabeza siete u ocho personajes, ser todos a la vez y después de esa catarsis mental, revisaba que los diálogos tuvieran coherencia narrativa y no quedaran flecos sueltos. Si los había, trataba de averiguar qué intención podía haber para dejar esos caminos abiertos. Hay historias que aparecen de la nada a mitad de un capítulo y las cuales no se cierran hasta el final. Como lector resulta desconcertante el no saber a qué obedece esa aportación a la trama que de entrada no tiene ningún sentido. Sin embargo, está justificado, aunque al final. Si te coges de la mano del narrador y has estado atento, la Reina Madre te cierra el círculo. Y a por otra copa.

Te gusta hablar de gamberrisme il.lustrat para definir de alguna manera lo que haces, ¿cómo lo definirías? ¿Qué o quienes estarían incluidos dentro de esa etiqueta?

¡Adoro el gamberrismo! Es tan necesario… el gamberrismo es una forma muy naíf de hacerle frente a la corrección política que nos domina. Cuando todo molesta, cuando solo hay quejas vacías, cuando a diario nos enfrentamos a nuestra autocensura es cuando más necesitamos que nos abofeteen para que nos dejemos de tonterías y focalicemos. La definición sería “literatura de navaja y salfumán”. Recuerdo el día que descubrí el libro “Diari d’un jove maniàtic” de Aidan MacFarlane y Ann McPherson. Era gamberrismo en estado puro con altísimas dosis de humor inglés. ¡Aquello fue una epifanía! Creo que lo leí veinte veces y aún así, seguía sacándome sonrisas porque era lo más alejado a mi realidad y a su vez, lo más cercano a mi persona. En eso consiste el gamberrismo: en presentarnos la realidad sin más filtro que el propio. Quizá, no lo sé. De hecho no estoy seguro si se reconoce como un estilo literario, aunque hay grandes autores que se han manejado con soltura en el gamberrismo como Dickens, Bernat i Baldoví, J. Kennedy Toole. Incluso John Waters en Pink Flamingos. Ahora, algunos libros de literatura infantil y juvenil tienen trazas de gamberrismo, supongo que por la licencia que se da ya que es para un segmento muy concreto, pero escasean las ganas de enfrentar a la gente a su mismidad de forma clara, sin cortarla con humor.

¿Quién firmará el próximo libro: Pepe Navarro o Pepiu?

La Santísima Dualidad. Ahora mismo estoy pariendo forma a un thriller psicológico y dándole forma a una novela histórica cargada de dolor. A esto Pepiu se asoma muy poco: viene, ve el percal, deja algún giro en la trama y se va. Él prefiere la laxitud y la risa. Pero aunque los escribiera Pepiu, siempre los firmará Pepe Navarro. ¡Para eso es su tutor legal!