Marcos Rubio. Foto: Martina Rubio.

No vamos a engañar a nadie, somos hijos de los programas de radio con personalidad, aquellos en los que la selección de canciones la realizaba alguien de quien sabías su nombre y apellido. Alguien que, además de informarte sobre lo que iba a sonar después, deslizaba vivencias propias relacionadas con el tema en cuestión. Por eso nos gusta La Línea del Cielo. Por eso y por la exquisita banda sonora que ofrecen cada semana. Y por eso hemos invitado a Marcos Rubio a participar en nuestra sección 3 en 1. Sintonicen con sus palabras, sin necesidad de mover el dial.

Me llamo Marcos Rubio (Aspe, 1968) y he vivido varias vidas pequeñas como nos ocurre a la gente corriente. En mi primera encarnación fui un joven de pueblo que creció aturdido entre las limitaciones y los anhelos. Cuando parecía que ya no había posibilidad de escapar Golpes Bajos y The Smiths llegaron en nuestro rescate. Jorge Albi y algunos programas de Radio 3 nos descubrieron que hay canciones de tres minutos que te pueden hacer la vida mejor. En el pueblo tuve un programa en Radio Aspe con el Machado y el Candela que sacamos adelante con canciones grabadas de otros programas, con singles promocionales que enviaban las discográficas y con algunos Lps que ellos compraban. La universidad ejerció su función de ascensor social y nos permitió una vida nueva en la gran ciudad; había empezado el tiempo de los descubrimientos. En 1992 todo se acabó, el mundo feliz del estudiante, el sonido Madchester, la euforia olímpica y el magnetismo de Felipe González. El paro juvenil era un muro infranqueable y no teníamos ni idea de por donde tirar. No encontré cómo pagar el alquiler y volví al pueblo. Los meses se sucedían iguales, el aburrimiento se tragaba el oxígeno y el futuro era unas oposiciones que nunca se convocaban. A la primera oportunidad y sin pensarlo mucho huí al país del Britpop. A finales de los noventa regresé a la Valencia del Velvet, el Rocafull, el Roxy, el Gurú y Le Club dispuesto a encontrar mi lugar en el mundo. Un soplo en el corazón, Una semana en el motor de un autobús, El escarabajo más grande de Europa, Tejido de felicidad, Fonorama o A Letter For the Stars confirmaron que no me había equivocado.

Un día, al salir del centro educativo donde doy clases en la ESO, me encontré con Belén, una exalumna que había estudiado Comunicación Audiovisual. Me puso al día de sus correrías y me contó que estaba haciendo un programa de cine en la radio municipal. Ante mi entusiasmo infantil se ofreció a ayudarme con el programa piloto. Nuestro proyecto gustó y el 23 de octubre de 2013 se emitió el programa uno de La Línea del Cielo. Lo primero que se escucha en esa grabación es nuestra sintonía melancólica, el «Strawberry Trip» de The Crooner (Siesta, 2000) y a continuación un acople monumental provocado por el volumen excesivo del micro. Fuimos noise pop sin pretenderlo. En estos casi trescientos programas el presente se ha convertido en una sustancia que se centrifuga cada vez con más intensidad. Nos han caído rayos, algunos colaboradores lo dejaron y otros como Sonia Catalán o Bea, Batirze Ros, se sumaron a la aventura donde Belén y servidor resistimos. Llegó el reinado de You Tube, las mil series que era obligado ver, la explosión de los blogs y su decadencia. La nueva política zarandeó el tablero y envejeció. La pandemia nos trajo la extrañeza del tiempo enfermo y profundizó las heridas abiertas por la Gran Recesión del 2008. Las fake news se generalizaron, el neofranquismo populista se hizo mainstream, el indie perdió su ADN en los festivales de provincias, las músicas urbanas asaltaron el palacio de invierno, las PCRs y los test de antígenos se convirtieron en productos básicos y nosotros continuamos poniendo canciones y tejiendo contextos aunque la distancia social nos obligó a abandonar los estudios de la Casa de la Cultura para hacer el programa desde casa. Nos pueden encontrar todas las semanas en IVoox, en Spotify, en Google Podcasts y en nuestra página web. Nos sentimos muy de Burjassot Radio por como nos han tratado siempre pero, mientras se solucionan los graves problemas técnicos que provocó una tormenta eléctrica del pasado septiembre, nos acoge, generosa, Ràdio Godella. Cualquier emisora de la Xarxa D´Emissores Municipals Valencianes (XEMV) nos puede emitir por eso nos han programado en Radio Bétera o la Veu d’Ondara. Somos tímidos pero obcecados y nos negamos a aceptar que los periódicos en papel, las revistas culturales o las salas de aforo medio sean restos del mundo de ayer. Ni Spotify, ni el algoritmo acabarán con la estrella de la radio. Si un artefacto microscópico como nosotros, perdido en la inmensidad de la mediaesfera, consigue dar con la canción que necesitaban escuchar habremos ganado la guerra. Las cosas están muy complicadas sin embargo, como nos descubrió el enorme Julio Bustamante, Valencia no se acaba nunca. Sabemos que el viento sopla adverso y que cuesta encontrar estrellas en el cielo. Pese a todo, hay que mantener la fe porque hay luces que nunca se extinguen.

Una canción:

“The Streets of your Town”  (The Go-Betweens)

“Vueltas y vueltas, arriba y abajo a través de las calles de mi ciudad (…)” Desde que Verlanga me propuso el reto de elegir una composición definitiva, una cascada de temas se fueron postulando en mi cabeza como candidatas a la canción más bonita del mundo. Podía haber sido el «There She Goes» de The La´s, «Shout to the Top» de The Style Council, «Flag Day» de The Housemartins, «Sit Down» de James, «Iceblinck Luck» de Cocteau Twins, «Here’s Where The Story Ends» de Sundays, «Unfinished Sympathy» de Massive Attack, «Roy´s Tune» de Fontaines D.C., «Sunday Morning» de The Velvet Underground o mil más. Al final he optado por esa maravilla maravillosa que The Go-Betweens incluyeron en su álbum de 16 Lovers Lane (Beggars Banquet, 1988) abriendo su cara B y que descubrí asombrado en un programa que tuvo Diego Manrique en la 2 y que presentaba junto a Christina Rosenvinge. Me gustó mucho también la versión que Ivy grabaron para su álbum de versiones Guestroom (Minty Fresh, 2002). En esta pieza de guitarras de terciopelo y melodía melancólica los de Brisbane reconocen no saber para qué estaban allí, dando vueltas arriba y abajo por las calles de tu ciudad. ¿No les ha pasado nunca?


Un disco:

Hatful Of Hollow (The Smiths, 1984)

A diferencia de lo que me ha ocurrido a la hora de elegir canción y concierto definitivo con el disco no he tenido ningún problema. Desde que Hatful Of Hollow nos enseñó que teníamos una geografía donde sentirnos reconocidos todo fue distinto. Yo fui un adolescente algo desubicado, con sobrepeso, gafas de cristales gruesos que se tornaban grises con el sol, un cristal más oscuro que otro, lo que despertaba las risas de los compañeros de clases. Por motivos que desconozco, durante una temporada utilicé Patrico para que mis rizos mostraran el efecto mojado. El problema es que ese pegamento se secaba y aparecían como pequeños trozos blancos por todo el pelo. Como no teníamos mucho dinero la ropa me la cosía mi madre o la adquiríamos en el mercadillo que ponen los martes y los jueves junto al parque. He de reconocer que en más de una ocasión la buena mujer se sacrificó y me compró en Modas Alberola unos rutilantes Levi´s 501 que después pagaba por semanas. El instituto fue un tiempo complicado, sacaba malas notas y de cuando en cuando me metía en líos. Fue entonces cuando This Charming Man se cruzó en mi camino. La debí escuchar en la radio o en la discoteca del pueblo. Unos modernos del instituto me grabaron el álbum azul en una casete y yo le hice una portada bonita con un recorte del Discoplay. En mi walkman amarillo aquella cinta se convirtió en un refugio, en un manual de autoayuda, en una guía ética y estética, en una forma de estar en el mundo y en un camino para encontrar algo de seguridad frente a los desafíos que acorralan a los torpes. Todo ha cambiado tanto que vivimos en otro planeta y sin embargo, cuando arranca la guitarra nublada de Johnny Marr en «William it was really nothing» y Morrissey comienza a contarnos en tono confesional como se siente en su ciudad vuelvo a ese universo de puentes oxidados, cielos lluviosos, bicicletas pinchadas, historias de amor desangeladas, hombres atractivos, páramos lunares, gladiolos en el bolsillo del pantalón, crónicas terribles, labios doloridos de besar sin ganas y promesas de que llegó el momento de aceptarnos como somos. Siempre que las cosas se me han puesto complicadas he vuelto a esa colección de canciones como el que vuelve a su comunidad. Por si no fuera suficiente, en el último corte del disco encontré la oración que andaba buscando y ya nada fue como en los viejos tiempos. No, no fue como en los viejos tiempos. Cuando quieran algo que creen que en justicia les pertenece repitan la plegaria con convicción, Please Please Please Let Me Get What I Wan. A veces funciona


Un concierto:

Teenage Fanclub + Nirvana. Plaza de Toros de València, 02/07/1992.

Esta decisión también ha sido muy complicada. Después de muchos descartes he optado por aquella tarde de julio en la plaza de toros donde terminé sudoroso, alucinado, sin camiseta y feliz después de forcejear y gritar los estribillos enormes del Bandwagonesque (Creation Records, 1991). Con «The Concept» se montó una melé de saltos, empujones, estribillos y sonrisas que ya no se interrumpió hasta el final de la actuación. En el fragor de la batalla vi a quien hoy es mi mujer y otros amigos saltando y cantando felices y sin rehuir el combate. Al terminar «What You Do To Me» me acerqué para beber de su cerveza y caí en la cuenta de que Marian llevaba el labio hinchado. Se lo comenté y se encogió de hombros, comenzaba «Metal Baby» y había que volver a la lucha. Todo pareció durar un instante, Teenage Fanclub abandonaron el escenario y nos quedamos desamparados y llenos de arena. Después tocaron Nirvana, a Kurt Cobain no se le veía con muchas ganas de estar allí. Como todo en la vida, hay conciertos mejores y otros peores y después están esas ocasiones mágicas en las que los músicos están convencidos de que tocar sus canciones es lo más importante del mundo. La piel erizada, el alma encogida, la sonrisa de admiración y cierta euforia del que se siente afortunado perviven en los pliegues de la memoria. Hay conciertos cuyas caricias y arañazos nos acompañarán siempre.